Todavía hay muchos que no han entrado a clases y como si fuera un trapo, están exprimiendo hasta la última gota de los días que quedan.
¡Benditas vacaciones!, pienso que la época en las que más las disfruté, fue entre la secundaria y ya estando joven.
Era clásico que en verano vinieran nuestros primos a quedarse con nosotros un tiempo. A veces eran muchos y con nosotros, ya se hacía una buena pandilla.
Pobre de mi mamá, tener que darles de comer a tanto tragón. Lo bueno, es que hacía una gran olla de frijoles y orales!, a darle.
Una vez, llegó una prima con una gran bolsa de frijol negro en las manos. Que risa, porque había dicho su mamá que era en pago por su estancia. Así que se vino en avión con todo y frijoles.
Teníamos un catre, colchonetas, bajábamos el colchón de las camas, nos dormíamos dos en cada cama, en el piso, la sala, todo era un buen lugar para pasar la noche.
Mi suegro siempre decía, que su casa, de la puerta hasta el rincón, todo es un colchón.
Así en casa de mis papás, se recibió gente en grandes cantidades. La hora del baño era por tandas, el desayuno por etapas y la sobremesa eterna. Todos metidos en la cocina. Yo no sé porqué, pero uno siempre tiene que estar ahí metido, habiendo sala, comedor y más espacios.
Por eso mi marido quiere agrandar nuestra cocina, para poner una pequeña sala y así estar metidos todos ahí.
La primiza cuando llegaban solos, como eran puros chamacos había que tener orden. Así que mi mamá los ponía a barrer y ordenar la casa junto con nosotros, porque sino, sería un tremendo desastre. Para ellos eran vacaciones, pero para mis papás, el trabajo diario seguía y había que coordinarnos. Así que se trabajaba un tiempo y después los chavos, nos íbamos a dar el roll por ahí.
Mi papá con su negocio, vivía el momento de más auge y las vacaciones eran temporada alta para nosotros. Así que alguna vez les tocó que llegara un trailer con caracol y órales, a bajar costales. Y cómo eran puros hombres, a todos les tocó descargar el trailer que venía lleno de caracol apestoso.
Ni los terrestres en la aduana allá en Tampico, han de haber vivido eso. Echarse al hombro costales hediondos que picaban, al rayo del sol, con un calor infernal y que pesaban un chorro. Me imagino que si sus papacitos de haber sabido, no mandaban a sus hijos para que los pusieran a cargar cientos de costales.
Pero, creo que eso fortalece el carácter.
A mi prima tampoco se le olvida, que mi papá la llevó a la tienda de artesanías que teníamos en el centro, a vender cochecitos de madera en la banqueta del local.
Digo, algo teníamos que hacer. Éramos demasiados como para estar de brazos cruzados y como se ocupaba de ayuda, pues qué mejor que toda la bola de chamacos.
Ese día que descargaron el trailer con caracoles, quedaron todos hechos un asco, era imposible que entraran a la casa, así que en una regadera que había en un chapoteadero en el patio, ahí se bañaron todos.
Pero no todo fue trabajo. También gozamos de una casa en la playa que teníamos y nos quedábamos ahí.
Íbamos a las nieves de La Minerva y a unas pizzas que eran buffete, al cine, al antro, los litros, los Hot dogs en la madrugada. La pasábamos muy bien.
Pero lo que más importaba, era el estar juntos. Jugábamos mucho al Maratón y al Pinta Caritas, nos poníamos al día con la música y nuestras pláticas de chavos eran lo máximo.
Y la historia se repite. Ahora nuestros hijos buscan con mucha ansiedad a sus primos para estar juntos en vacaciones. Y se me hace gracioso escuchar sus platicas tan extrañas, según ellos con demasiado contenido.
De seguro así estábamos nosotros con platicas “profundas”.
También nos visitaban unas primas más grandes. Ahí la dinámica era diferente por la diferencia de edades. Pero igual disfrutaban al máximo su estancia y las idas a la playa. Siempre me llamó la atención el ver como se enrojecían al regresar del mar.
Y sí…así fue. Que de quedada con los tíos uno iba. Ahora las siguientes generaciones buscarán a sus primos para ir de quedada…también.
8 años
DE QUEDADA CON LOS TÍOS
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