Siempre tendré muy presente, cada vez que llegábamos a casa de mi abuelita Conchita allá en México.
Su casa era como una pequeña hacienda, amurallada de pura roca volcánica, el olor a romero llenaba casi cada rincón de su patio, una llave del agua estaba casi justo por la entrada al jardín, en donde una gran planta de bugambilia hacía una pequeña guarida, sombreada y húmeda.
El agua de esa y todas las llaves, era helada y con un cierto sabor a tierra, fresca como ninguna…
Hasta parece que estoy ahí, cierro los ojos y me transporto junto con todas esas sensaciones y olores. Puedo sentir el aire frío, el calor del Sol y esos sonidos tan nítidos que solo el aire de invierno nos pueden dar. ¿A qué se deberá?, traten de observar los sonidos en el invierno y se darán cuenta que son más nítidos, el ladrido de los perros a lo lejos, el piar de los pajaritos, todo es más claro, como si se adelgazara el aire.
Así, cada vez que llegábamos a casa de mi abuelita allá en Tepepan, Xochimilco, ella nos recibía con la sopa de fideos más exquisita que se puedan imaginar.
Su comedor era grande, de madera obscura y muy resistente, las sillas algo pesadas y la mesa ya la tenía lista para cuando llegáramos.
Los platos, era la clásica vajilla incompleta con pequeñas florecitas y los vasos de aluminio de colores: rojo, dorado, tal vez azul o verde, no recuerdo bien.
Llegábamos y con la mesa ya lista, empezaban a servir…agua de limón, bolillos enormes, un chile verde para mi papá y sopita de fideos para todos!.
¡Lo mejor del mundo mundial!, era el mejor recibimiento que mi abuelita nos pudiera dar. Ahí en esa rica sopa de fideo, dejaba plasmado todo su amor y su cariño por vernos de nuevo.
Era como curar el alma, regresas a tus raíces, con tu gente, como un abrazo de consuelo.
¿Que si estamos dolidos?, no lo sé, no necesita uno estarlo para sentir ese apapacho en el alma cuando uno vive ciertas experiencias como lo es, con la sopita de fideo.
…Hace días, les hice a mi familia una sopita de fideo muy especial, así especita muy casera. Los días han estado lluviosos y ahora es cuando más se antoja.
Mis hijos bajaron a comer y todavía no me sentaba, cuando uno de ellos me dice, dándole unas cucharadas a su sopa…-Mami y el restaurancito al que íbamos para Tampico, ahí está?.
Fíjense qué es una fonda como para traileros, no recuerdo si es antes o después de Victoria. Está en una lomita y se llama el Mirador. Ahí era parada obligatoria para nosotros y siempre pedíamos sopa de fideo y unas quesadillas grandotas hechas a mano, pienso que de las más ricas que he probado.
Después vino la inseguridad y dejamos de ir.
Así que me di cuenta del flash back que tuvo mi hijo al probar la sopita de fideo. Sus recuerdos se remontaron a su infancia, a ese restaurancito humilde, con cucharas de peltre, con baño de pozo allá atrás en el patio, con gallinas y perros flacos, con una marrana y jabón en polvo para lavarte las manos.
Todo eso hace un recuerdo, te transporta a tiempos y lugares muy especiales. Como si hubiera sido hace mil años!.
…Ahora, mi mamá nos recibe con la misma sopita de fideos que nos cura el alma.
Llenémonos pues, de tan buenos recuerdos, paremos un poco el tiempo en nuestras vidas agitadas, para poder observar todo eso bello que nos rodea. Respira…no todo es trabajo, no todo es obligación, ni compromiso. Lo que se queda en tu alma y tú corazón es lo que realmente importa.
Y sí…así fue. Que le den, sopita de fideo, a todos los que quieran disfrutar un poco más de la vida…Ohh Sii!.
8 años
QUE LE DEN, SOPITA DE FIDEO!
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