¿Qué te habrá traído Santa alguna vez?, o los Reyes magos? Recuerdas tu juguete preferido?…
Recuerdo mucho un micro hornito rosa, que le dieron a una de mis primas más grandes, ni siquiera era mío! y me sentía emocionadísima de poder verlo. Lo mejor de todo, es que me lo prestó. Sacó unos pequeños moldecitos y con mucho cuidado, horneamos unos pastelitos que me supieron a gloria…qué gran momento. Esa fue la única vez que tuve en mis manos un juguete así.
Pero curiosamente, no puedo recordar algún juguete fabuloso, tanto de Santa, como de los Reyes.
Y aunque cualquier muñeca tipo comiditas, Barbies, juegos de té, muñequitas de colección y cosas de esas pudieran a una niña encantar, mis gustos fueron muy diferentes.
Para empezar no me gustaba jugar con muñecas, se me hacía un juego muy bobo. Lo mío era salir al patio a trepar los árboles a platicar con los perros y a buscar cochinillas y hormigas León…nada femenina yo. Siempre con las rodillas rasposas y nejas, me preguntaba siempre, cómo es que mi mamá las tuviera tan bonitas y lisitas.
Pero hubo tres juguetes que atesoré por muchos años, de los cuales aún conservo uno.
No me puedo acordar cuándo me los regalaron cada uno en su momento, pero lo que si sé, es que el primero de ellos he de haber tenido unos tres años.
Uno, es una barbie que se flexiona toda y podía jugar con ella como si fuera gimnasta ya que tiene todo su cuerpo articulado. Es el que conservo.
Otro, era una casita del árbol. Con esa casita jugué muchísimo, me encantaba su elevador y su columpio, sus cuartos y el carrito, la casita del perro y las personitas…todavía me da mucha emoción el recordarlo. Y qué curioso, en vez de poder subir el árbol a una mesa, siempre me ponía en el piso, tirada de panza para jugar…cierro los ojos y sonrió sólo de pensar en eso.
El tercero y posiblemente el más antiguo, fue una perrita dormilona de peluche, se llamaba Pulgosa, o por lo menos así le puse, ya que en una etiqueta que tenía, decía, “soy la novia del Pulguitas”.
Su cuerpecito era de mezclilla y sus extremidades eran de un peluche color naranja, con faldita de florecitas sumamente coqueta. Todavía parece que la siento, recuerdo su textura, sus formas, realmente fue una gran compañera, ya que todos los días me dormía con ella desde muy muy pequeña.
Esa Pulgosa tan querida, un día en la secundaria nos pusieron como dinámica, el entregar tu juguete preferido a unos niños de una casa hogar…créanme que no pude hacerlo y menos ya con mi Pulgosa de tantos años, quién la iba a querer y cuidar tanto como yo. Por un lado, se me hizo cruel el tener que entregar un objeto de gran valor, si es que otra persona no lo iba a valorar como tú por viejo. Así que no pude entregar a la Pulgosa y di un peluche casi nuevo, muy bonito.
Realmente no podía vivir sin ella. Cuando salíamos de viaje la extrañaba bastante y regresando a casa era una paz el sentir que nuevamente dormiría con ella.
Su faldita fue lo primero que se desgastó de tanto uso, que al final de cuentas se rompió.
Los años pasaron y mi querida Pulgosa ya estaba muy desgastada, a veces la remendaba y podía continuar unos años más, pero todo tiene un término y el de la Pulgosa se veía venir.
Se vino el día de mi boda y créanme que pensé mucho en ella. Ya prácticamente no estaba en condiciones de ir a otro lado porque tiempo antes, por equivocación, se fue entre las sábanas y la echaron a lavar…se daño tanto que era prácticamente irreparable, no había parche que sirviera.
Así que se tuvo que quedar con mis papás. Después, ya no supe más.
Realmente ese ha sido mi mejor regalo, tan amado y tan querido. Nunca supe en qué momento llegó y tampoco supe en qué momento se fue.
Y sí…así fue. Que todavía muchos hemos de tener algún juguete muy preciado. Cosas, que nos recuerdan una infancia, que nos regresan a ese sentimiento tan lejano, que al final de cuentas nos hacen sonreír. Pero que si por alguna circunstancia ya no lo podemos tener…habrá que saber soltarlo, desde el corazón.