No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 13 años

UNA PIÑATOTA

Cuando uno es chico, la ilusión de una fiesta de cumpleaños es fantástica. El invitar a los primitos y amiguitos es primordial por supuesto. Y el llevar esa cuenta regresiva hasta el gran día creaba demasiada ansiedad. Bueno…no se necesita ser niño para contar los días antes de su cumple, y aunque no haya fiesta para uno de grande es emocionante el que se llegue ese gran día (el mío es el 13 de octubre, ¡ya merito, ya merito!). Digooo, por si tenían pendiente, claro.
Antes, por lo general las fiestecitas eran en casa, se decoraba con globos, se daban sándwich de triangulito con una gelatina al lado y papas. A cada quién le repartían una Coca de vidrio de esas chiquitas y ahí era donde yo sufría. Nunca me ha gustado el refresco, de ningún tipo y por supuesto me quedaba con sed. A menos que tuvieran agua por ahí.
A las bolsitas de dulces casi siempre le ponían de los cajetosos Tomy, Tutsipop, Totitos, Miguelito, paleta de elote enchilada, un montón de chiclitos de colores, Duvalin, Mazapán y una mamilita con chiclitos mini, también unos dulces de envoltura naranja, creo que se llamaban Heltz, que al chuparlos como que eran efervescentes. Por supuesto que también cacahuates y unas galletas de bombón, y hasta arriba una naranja que apachurraba a las galletas, típico.
Recuerdo mucho un cumple en donde mi mamá me compró una piñatota en forma de tortuga. He de haber cumplido unos 4 ó 5 años a lo mucho. Y no sé cómo estaba construida la piñata que a la hora de ponerle los dulces se le iban pa la cabeza. Todo el tiempo estaba empinada, y yo pensaba…”¿porqué le pesará tanto la cabezota?”.  Lo bueno es que siempre me conformaba con todo,  así que nunca reclamé ese pequeño detalle de mi piñatota.
Nos divertíamos con juegos sencillos como el de las sillas, corríamos por todos lados y esperábamos el gran momento para pegarle a la piñata.
El pastel que yo recuerde, mi mamá  lo hacía. Con ese betún cremoso con sabor a limón, y siempre creí, que para darle color al betún uno le ponía  KoolAid como mi mamá. Hasta qué descubrí que existía la pintura vegetal.  Mi mamá nunca se complicó la existencia así que el KoolAid le quedaba bien.
Pero lo más padre era el preparar todo, comprar las cosas para la fiesta y los dulces. Nunca he sido dulcera, pero ese olor al entrar a la dulcería es algo que no se me va a olvidar. Veía enormes los estantes con bolsas y bolsas con cientos de dulces diferentes. Me maravillaba el ver tanto surtido tan lleno de color y formas diferentes que me hubiera encantado poder pasar horas y horas ahí. Todo el lugar era fantástico con miles de mugreritos para la fiesta.
Mi mamá no daba Coca Cola, ella daba Barrilitos o Jarritos de sabores, lo cual era lo mismo para mi, porque al fin y al cabo era refresco y no me gustaba. Media rarita la niña, digo.
El caso es que nos la pasábamos padre, cada loco con su tema y luego mi papá nos mantenía un buen rato entretenidos haciéndonos sus magias. Él tenía una caja con muchas magias: la del frijolito pipí, la del chinito Ben, la del papá y la mamá coneja o la de la copita roja con la bolita amarilla. Y bueno, nunca faltaba el escuincle sabelotodo que decía…”¡Aaaa ese ya me lo sé!”.  Así que en una fiesta un niño como ese interrumpía a cada rato el acto de mi papá, hasta que en una de esas mi papá le dice…-¿Sabes qué?, te voy a hipnotizar. Y el niño…-¡Naaaaa!.  Y como siempre estaba bien preparado mi papá, sabía que iba a dejar callado al niño por un buen rato. Así que  agarró un papelito de metal de los cigarros (bueno, creo que antes venían así), lo hizo bolita y le dijo al niño…-Dame la palma de tu mano. Vas a sostener este papelito y me vas a mirar fijamente a los ojos, y vas a ver que te voy a hipnotizar… Así que el niño bien sácale punta se paró frente a él y le dio la mano. Y después de unos instantes de estar sosteniendo el papelito y mirarlo fijamente a los ojos que grita tirando el papelito. Le había quemado la mano. Por supuesto que era un truco, pero el niño no podía dar crédito a lo que le había pasado así que se quedó sentado y callado el resto de las magias.  Nooo si mi papá es ¡bieeen listo!.
Y si…así fue. Nos poníamos nuestras mejores ropitas para ir a la fiesta aunque misteriosamente regresáramos ligeramente batidos. Deseábamos ganarnos siempre el premiecito del concurso y nos agüitábamos  un poco al no tenerlo. Peleábamos por tener un buen lugar en la fila de la piñata y siempre queríamos otra rebanada de pastel.  Claro, al fin niños.

One Comment.
  1. Indigo dice:

    Muy buena historia!

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